Posteado por: Matilde Amorell | Vie 23 julio, 2010

shopaholic

Dicen que el primer paso para recuperarse de una enfermedad, un vicio que te esta carcomiendo el alma, es reconocerlo. Declararse culpable y rendirse ante quienes te puedan juzgar. 

Pues sí, siempre ha estado allí acechándome, es más creo que es una enfermedad heredada, porque mi madre no puede ver una vitrina en rebaja mal parada porque le cae encima. Pero la situación paso a fase de gravedad hace unos meses, cuando en el cerebro se me metió la idea que “no matter what, I deserve it“.

Por supuesto le voy a echar la culpa completica a Esteban, el estrés que nos ha causado, pues quién más me asfixia todas las mañanas con noticias de un país de comiquita, la inflación, la inseguridad, la imposibilidad de surgir, la desesperanza para los profesionales que dignamente no somos capaces de comprarnos una vivienda, porque en el medio de la negociación, aparece alguien con el dinero en efectivo. Y así fue como enguayabada acudí a las tarjetas de crédito, porque el sueldo no alcanzaba para tanto y me compré cualquier cantidad de cosas, que sinceramente necesitaba y estoy usando, pero el gasto fue excesivo.

Ahora finalmente lo acepto, me porte mal, me deje llevar por la compulsión y estoy pagando mi castigo con intereses al 33%. Si Esteban me asfixia con sus ocurrencias (utilizando esa palabra por escasez de vocabulario) ahora el Banco me tiene loca, sería mejor que me dieran trabajo ellos y se cobren su deuda.

Y es cuando entra en papel protagónico el pesimismo. Porque no te alcanza el dinero, porque lo que tienes son deudas, porque las cosas cada vez son más incomprables para nosotros, con unos precios irreales para el asalariado. El comentario más común entre los venezolanos es el tema del mercado: “el otro día fui a comprar tres cosas en el mercado y me gaste una fortuna, ni siquiera compré carne

Cuando entro en estos estados de pánico, trato de sosegarme, darle gracias a Dios porque nunca, nunca, nunca me ha faltado nada, no he pasado hambre en mi vida, no me ha faltado vestido, todavía me siento con mis amigas a “poner las patas debajo de una mesa” como dicen por ahí. Me acuso de quejona y veo a mi alrededor las mujeres que sostienen solas a su familia con sueldos mínimos y 3 hijos. Esas son mis heroínas. Se paran mucho antes que el gallo cante para ir a trabajar por sus niñitos. Por supuesto, hay muchos hombres también con estas características y no se merecen menos crédito.

Pero al final, somos venezolanos, nos quejamos y seguimos adelante. Por eso pienso que quienes se van en busca de un futuro mejor, tienen la mitad del camino andado, son tantos los avatares por los que pasamos que cuando llegamos a un país donde no hay inflación (nunca como la nuestra), no hay delincuencia (nunca como la nuestra), no hay discursos ofensivos (nunca como los del nuestro) la vida se hace un poco más ligera y fácil. Es como si la piel se nos ha puesto más dura y nos prepara para esos destinos mejores.

Ojalá nuestro país vuelva a ser pronto un destino mejor, como lo fue hace tanto.

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