Posteado por: Matilde Amorell | Sab 8 mayo, 2010

los días más largos

Para mi no hay nada peor que guardar un secreto que es mio. Porque los secretos de los demás los puedo guardar con tranquilidad. Pero los míos son diferentes. Mis cosas por lo general quiero contárselas mínimo a mis amigas. A veces tengo que elegir alguna para que la cosa no se me haga tan difícil. Pero me cuesta mantener esa boca cerrada.

Dígame cuando el secreto es una buena noticia. No es que se la quiero contar, es que la quiero gritar a los cuatro vientos. Publicarla en los algún periódico de circulación nacional. Pero no debo estar tan loca, creo que todos deben tener un poquito en común conmigo, de allí el éxito de facebook, twitter y las demás redes sociales. En todos puedo publicar mi noticia rápida y efectivamente. Algunos están hasta conectados, sólo hace falta escribirlo en uno y aparece en todos.

Será nuestra necesidad humana de compartir o una actitud egocéntrica. Expongo mi estado de ánimo para que me pregunten, así aprovecho y me descargo con el primer desprevenido. Utilizo la curiosidad de los demás para mis propios fines egoístas. Para la alimentación de mi ego. Además me sirve para lucirme: me compré un carro, me casé, me fui de viaje, tengo novio nuevo. Hasta las malas noticias para buscar apoyo, algún hombro amigo en el que pueda llorar, la compasión de los demás ante algún fatal evento.

Dicen que venimos solos a esta vida y solos nos vamos. Pero en el camino nos agarramos de las manos para cruzar el recorrido. Cada vez tenemos más herramientas para hacerlo.  En alguna parte leí o me dijeron, que los defectos que más critico en los demás son los que más detesto tener. Necesitamos a los otros para tomar nuestras propias lecciones. Expuesta nuestra necesidad del otro.

Es curioso que las personas suelen percibirme como reservada. Yo diría que soy selectiva. Puede ser del momento, del tema o del receptor. Pero la verdad es que termino siendo un libro abierto.

Lo peligroso de los secretos es que todo el mundo confía en alguien. Entonces, se convierte en una red de confidentes, yo le cuento a mi confidente, mi confidente le cuenta a suyo, el suyo al suyo. Por supuesto, “el suyo” también tiene su confidente, sucesivamente al infinito. Y algún “suyo”, como resulta que no te conoce bien,  en alguna conversación, pone de ejemplo tu cuento que le contaron, revela tu secreto. Cuando vienes a ver, se formó una cadena de personas que se enteraron del que tu creías secreto. Se parece en algo a esa teoría de los seis grados de separación. Que si de paso las mezclas, resulta que alguien que conoces se va a enterar de tus intimidades.

De todos modos, aunque sabemos esto, la necesidad continúa. Sigue siendo un suplicio guardar un secreto. Adicionalmente, desencadena una serie de mentiras necesarias para evitar contarlo. Entonces terminas en un gran embrollo, donde necesitas tener buena memoria para recordar cual fue la mentira que dijiste. Personalmente, no disfruto nada de esto. Cuando tengo algo guardado, los días se me hacen más largos. Se me hace muy sabroso cuando por fin puedo revelar lo escondido. Exponer mi felicidad o mi tristeza.

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