Posteado por: Matilde Amorell | Dom 2 mayo, 2010

cuentos de hadas

Mi infancia estuvo llena de cuentos de hadas, juguetes y fantasía.

Llegaba mi abuelito del trabajo, tenía yo como 4 años, me encontraba en el piso a cuatro patas maullando, me saludaba y yo le advertía: soy un gatito.

Cuando nos íbamos de vacaciones a Margarita con mi prima, tomábamos el Cacica Isabel de Puerto La Cruz a Punta de Piedras. Para nosotras eran 4 horas de aventura. Salíamos a la cubierta a buscar el barco del Capitán Garfio y el cocodrilo de Peter Pan.  En una oportunidad logramos verlo de lejos, incluso con el pequeño barquito del Smith atrás, divisamos hasta la camisa de rayas azules que siempre llevaba puesta. Se imaginarán nuestra ilusión.

En el jardín de casa de mi abuela, ésta prima y yo descubrimos que eramos niñas biónicas, que corríamos, saltabamos y teníamos más fuerza de lo normal. Nos creímos super heroínas. Trepamos cuantos árboles se atravesaban en nuestro camino. A mi me encantaba cazar saltamontes. Mostraba orgullosa las marquitas que dejaban en la grama que les daba de comida. También alimentaba a las hormigas con azúcar, se las dejaba cercana a la entrada del hormiguero para ver como salían a buscarla, podía quedarme horas viendo aquello.

Mi relación con el Niño Jesús y Santa Claus era muy especial. Todo empezaba con la escritura de la carta, siempre pedía que me trajeran una sorpresa. Desde entonces me encantan los regalos sorpresa. Luego dejaba la carta en un lugar especial, cercano a la ventana, muy ilusionada esperando se diera la búsqueda. Me dejaban polvo mágico del que usaban para recoger las cartas. Preparaba con mi mamá lo que les iba a dejar la noche de Navidad para que comieran y bebieran. Los regalos que ellos traían no estaban forrados de papel de regalo, porque era hechos por duendes. En alguna oportunidad encontré fuera de su caja la Barbie que me habían traído parada junto al Ken, evidencia de que habían jugado la noche anterior antes de irse. Esa noche, la tradición era cenar en casa de mi abuela, donde eran muy puntuales en su llegada. A las 12 mientras nosotros lanzábamos los fuegos artificiales, ellos llegaban sin que nosotros pudiéramos percibirlos. Allí estaban nuestros regalos debajo del arbolito.

Igual historia tenía la búsqueda de mis dientes el ratón Pérez. Dejaba mi preciado diente sobre una servilleta en mi mesa de noche, la cual fungía como una especie de “acuse de recibo” pues disponía de un espacio donde debía firmar (mi pequeño abogado dentro de mi??? OMG!!!), más un pedazo de quesito, recompensa por su aventura hasta mi casa. También me ocupaba de dejarlo todo preparado para que pudiera desde el piso llegar con facilidad a la parte alta de mi mesa de noche. Me dejaba su firma, dos patitas bien marcadas, llevándose su queso y dejándome el dinerito bajo mi almohada.

Veía bastante televisión. La vida era sencilla, no tenía mayores responsabilidades, las comiquitas no tenían tercera dimensión, ni decían groserías. Tenía un casete de Betamax con algunas comiquitas grabadas por mi mamá. Entre mis preferidas estaban los Pitufos, Fresita, Snoopy, El Principito. Me sabía los diálogos del Mago de Oz… “follow the yellow brick road“, veía repetidas veces Las Historias de Beatrix Potter, un ballet que tenía tiempo sin recordar, así como el Pájaro Azul, una historia con muchísima fantasía. No, no había teletubis, ni Barney. También, más grande me encantaba ver Heidi, Candy Candy, la Niña de las Flores, Mazinger Z, Ultraman, Punky Bruster, Alf o la pequeña maravilla. Mientras escribo recuerdo más y más comiquitas que no quiero dejar de mencionar. Para mi es la televisión de una generación, con ella crecimos, de ella aprendimos, para nosotros no tiene igual.

Así armaba historias con mis juguetes. Las grandes novelas con mis Barbies, todo comenzaba cuando ella le habría la puerta al repartidor de pizza o al cartero, cayendo enamorada a primera vista. Temo suministrarle esta información a algún profesional de la psicología, porque seguro Freud tendría algunas cosas que decir sobre aquello.

Mi tío siempre se quejaba porque no importaba las grandes casas que le compraba a mi prima para su juguetes, léase la gran casa de la Barbie o el super establo de los Ponies que tenía hasta una fuente en el medio, nosotras siempre preferíamos hacer casas con las cajas de zapato y ropa con los retazos de tela de mi mamá.

En el jardín de la casa de una amiga del colegio, jugábamos que éramos amigas de los Caza Fantasmas o de las Tortugas Ninja, teníamos el poder de transformarnos en cualquier animal que quisiéramos con sólo correr. También recuerdo que interpretábamos Cenicienta en el recreo, yo siempre hacía de madrastra y ella de ratoncito. En una oportunidad, nos dio por hacer muñecas de papel de esas que le pones ropa, también de papel, con pestañitas. No sé por qué lo hicimos en el jardín, en ese jardín que tenía un lugar especial para nosotras conversar, pero vino un ventarrón con lluvia que por poco arrasa con nosotras. En ese jardín podíamos quedarnos simplemente buscándole formas a las nubes mientras hablábamos cualquier cosa.

Después me puse más cyber y jugaba Atari, Intelevision y finalmente Nintendo. Pasaba largas horas en casa de mi vecina conquistando mundos de Mario Bros. O desvelada con el hermano de mi amiga pasando mundos en el Atari.

Crecí con toda esta fantasía, creyendo en la magia, en unicornios y en cuentos de hadas. Lindos momentos que aún no han terminado, pues pretendo revivirlos todos con mis hijos, sentarme con ellos a jugar sus inventos y sus aventuras.

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