Posteado por: Matilde Amorell | Sab 1 mayo, 2010

zuzumachu!

Tú dijiste abuelo, tú dijiste

Una domingo familiar en el jardín de casa de mis abuelos, según me cuentan porque no recuerdo, gritaba yo a todo gañote: ZUZUMACHU!. Al voltearse todos a verme tuve que justificarme y explicar que eso lo había dicho mi abuelo. Y si lo decía mi abuelo no podía ser malo.

Lo recuerdo con su chaqueta azul y una chemise roja. Siempre leyendo. Con algún batido extraño en la nevera. Alzaba las cejas, abría grande los ojos y sonreía. Él hacía ejercicios todas las mañanas, ésta rutina consistía en mover todos los músculos de su cuerpo. Cuando les digo todos, son todos. Los músculos de la cara, orejas, cuello, hombros, espalda, brazos, antebrazos, muñecas, manos, dedos, tronco, cintura, cadera, piernas, pies, dedos de pies, todos, todos.

En una oportunidad leyó que los ojos contienen músculos que se ejercitan a través de la vista, que los lentes lo que hacían era atrofiar esos músculos. Desde entonces no usó mas lentes, ni para leer, ni para manejar. Así pues lo podías encontrar sentado en su escritorio con menos de 2 cm de distancia entre sus ojos y cualquier cosa que estuviese leyendo.

Le gustaban los oficios de la jardinería. En alguna oportunidad lo llegaron a confundir con el jardinero de la casa. Me enseñaba a sacar la maleza del jardín. Sin importarle su edad, se encaramaba en las ramas de los árboles con algún menjurje que preparaba para quitarles cualquier mal del que pudieran sufrir.

Igual menjurjes preparaba para él. Eran batidos de todos los vegetales que encontraba en la nevera, espinaca, berro, brócoli, celery, todos revueltos. También los hacía de frutas, a veces de frutas y vegetales, siempre con concha porque decía que allí se encontraban los mejores nutrientes. Los ofrecía, pero los colores no eran muy llamativos. Nunca me atreví a probar sus batidos maravillosos.

Cuando lo iba a visitar, que estaba solo, siempre me hablaba sobre el libro que estuviese leyendo en ese momento, lo trataba de escuchar con atención, pero a veces hablaba de cosas muy complejas o me intentaba convencer de alguna cosa que no era importante para mi en ese momento, como economía o finanzas, así que me distraía. Que diferente hubiera sido si las mismas cosas las escuchara ahora, probablemente hubieran tenido más sentido para mi.

En una oportunidad me invitó a comer en la feria del IPSFA, en un lugar muy particular especialmente escogido por él para la ocasión. Fuimos en el carrito rojo que solía manejar, un Reanult 12 ts bien esperolado, tenías que juntar unos cables para que le funcionara el limpia parabrisas, el aire acondicionado era un sofisticado ventilador que no sé donde estaba conectado.  Mi tía le decía el terror de El Cafetal, pues se imaginarán que a su edad, sin lentes, manejaba exactamente igual que Mr. Magoo en cualquiera de sus aventuras. En ese carro aprendí a manejar sincrónico.

Ese día que comimos juntos conversó mucho conmigo, esta vez de ningún libro en particular. Me habló de su vida, de mi abuela, de sus comienzos juntos, hizo sus confesiones. Esa conversación la recuerdo con gran cariño. Fue de los mejores momentos que compartimos juntos.

Este era mi abuelo.

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